Gracias Alicante por habernos dado tanto. Por dárnoslos todo sin haberlo luchado. Habrá sido el karma, que nos ha devuelto con retraso las recompensas de las luchas pasadas.
Vivir en El Campello ha sido un sueño, y como de todos los sueños, hay que despertar. Nuestro sueño ha durado menos de un año. Un curso escolar, el más corto de mi vida. Todavía no acepto que nos marchamos. No lo quiero aceptar. Muy dentro de mí, en secreto, sigo esperando el milagro que nos permita quedarnos aquí, que nos permita prolongar el sueño. Alargarlo lo máximo posible. Mi mente sabe que ese milagro no va a llegar, pero mi alma lo desea tan fuertemente, que podría llegar a ocurrir. Si las alas de una mariposa pueden causar un tornado, qué no puede conseguir la energía de una madre luchadora. De todas formas, la vida nos va llevando hacia donde considera, y contra eso no se puede luchar, hasta la más luchadora de las madres tendría la batalla perdida de antemano. Cualquier sitio es válido, pero que no nos quite la felicidad, por favor, que no se la quite a mis hijos.
La gente dice que los cambios son para mejor, pero yo lo veo como una forma cualquiera de consuelo, ya que de ser así la gente no tendría miedo a los cambios. Ocurre desde que somos pequeños: a los niños les da seguridad saber lo que viene después, por eso es importante, sobre todo para los niños con necesidades especiales, que se les anticipe lo que va a ocurrir. Ahora jugamos y después vamos a bañarnos. Ahora nos bañamos y después vamos a cenar. Ahora cenamos y después vamos a dormir. Los adultos somos iguales. El problema es que los adultos no tenemos un adulto más adulto que nos diga lo que viene después. Quién lo sabe. Ahora somos felices ¿y después?
Mi mayor miedo es que mis hijos dejen de ser felices. Le pido a la vida que no lo permita. Le suplico que no les quite lo que les ha dado. No puedo estar más agradecida por este año, joder qué año más corto.
Empecé este blog hace unos meses, al poco de llegar aquí, el primer día de colegio de mi hijo mayor. Mi felicidad empezó un día antes, el día que conocimos al que sería el equipo docente de mi hijo. No podrá ser mejor. Qué afortunados nos sentimos. Le pedí al tiempo que se detuviera. No me lo concedió; al contrario, corrió más. Demasiado. No me ha dado tiempo a asimilarlo todo. No me ha dado tiempo siquiera a agradecerle lo bastante a la vida este regalo que nos ha dado. Quizá es por eso que nos lo quita. Quizá éste no era nuestro destino y era sólo un alto en el camino. Una parada para coger fuerzas.
Ha sido mi año sabático, no de descanso, pero sí en cuanto a lucha se refiere. Un año de tregua en el que me había olvidado de las armas. Había empezado a acostumbrarme a la facilidad, a la normalidad y al buen uso del sentido común. Pero antes de que acabase el año he tenido que volver a desenfundarlas. Vuelvo al frente, a luchar por aquellos que no pueden hacerlo por ellos mismos, mis hijos. No estoy en forma pero no ha habido tiempo de entrenamientos, así que tengo que ir a por todas. Ha empezado la batalla y no se puede bajar la guardia.
No estoy siendo totalmente objetiva. La felicidad no era completa (claro, nunca lo es), al menos, no para todos nosotros. Él no era feliz. No era feliz de lunes a viernes de 9 a 19:30 (los días buenos, los malos la infelicidad se prolongaba más) y eso es mucho tiempo. Yo no le daba importancia, no quería dársela. Sólo pensaba en la felicidad de los otros tres componentes de la familia. Deseé con todas mis fuerzas que la vida le compensara el sacrificio que había hecho por Nicolás y, ese deseo sí se ha cumplido. Para él va a llegar más felicidad, se la merece, pero no quiero que se vea sacrificada la de los niños. Es lo único que le pido ya a la vida. Y sólo me queda dar gracias por este sueño, que ha sido mío y de los peques. Qué pena que no haya sido de los cuatro.
Ahora tengo un cruce muy fuerte de sentimientos, pero es justo que prevalezca el de agradecimiento. Y en agradecimiento lucharé más que nunca. Lucharé hasta donde me lo permitan las fuerzas. Creo que es mi parte del trato. Pero antes de que la guerra llegue a su punto álgido tengo que agradecer a muchas personas el granito que han aportado de felicidad a nuestras vidas. Nadie lee este blog, sólo yo, así que lo escribo para no olvidarme nunca de ellas porque no sería justo. Las personas responsables de nuestro sueño:
Nuria, mi primer contacto aquí. Raquel, Marisa, Begoña, José, Teresa, Marina, Vicente, Irene, GRACIAS. Marisa Oltra, qué tarde te he conocido, no sólo yo debo darte las gracias, toda la comunidad educativa está en deuda contigo. Irene, Adrián, Susi y Mauri, se me parte el alma por alejarnos de vosotros. GRACIAS.
Mi corazón estará siempre lleno de vosotros. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS. Gracias por este sueño del que nos toca despertar.
Cómo he podido olvidarme de nuestros ángeles de la guarda. Siempre ahí, velando por nosotros. Cuidándonos tanto. GRACIAS
Cómo he podido olvidarme de nuestros ángeles de la guarda. Siempre ahí, velando por nosotros. Cuidándonos tanto. GRACIAS